Transformación Educativa: Un Proyecto Inconcluso

Artículo de opinión sobre política educacional.
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Recientemente apareció un artículo por este prestigioso medio, en el que un funcionario de la Secretaría de Educación emitió una serie de juicios respecto de las opiniones realizadas por otros especialistas de educación. Estos profesionales planteaban y se preguntaban sobre el alcance de la Reforma Educativa a diez años de su implementación. Fueron descalificados porque sus opiniones no poseen un sustento empírico, es decir que no están basadas en “estudios etnográficos de la escuela, estadísticas educativas, y otras yerbas”. El mensaje del funcionario es: no opine nada de educación sino tiene los estudios que fundamentan empíricamente sus argumentaciones. Con ese criterio solamente podrían opinar los técnicamente autorizados que basan sus conjeturas en sesudos estudios etnográficos, estadísticas educativas; es decir que, los padres de los alumnos de las zonas rurales que no poseen ni por cerca un juicio preciso sobre estadística educativa están descalificados para emitir un juicio sobre la realidad educativa. En la misma línea de excluidos estarían los docentes, los directivos, los ordenanzas y así hasta completar a todos los miembros de la Comunidad Educativa. Ellos - de acuerdo con los dichos del funcionario - , tampoco podrían entablar un debate “serio y responsable” sobre la realidad educativa. ¿Será la dictadura del Pensamiento Único, el criterio con que operan los Técnicos de Educación en la provincia? o ¿un fascismo inocultable que no pudo pasar desapercibido frente al disenso?. Es preocupante la situación.

Por otro lado, es curioso que, se convoque a un debate sobre educación “como tarea de todos” que, finalmente no son todos, sino solo aquellos técnicamente calificados porque como señala en otra parte de ese artículo “las personas idóneas y competentes plantean debates y no posiciones cerradas y caprichosas”.

Analicemos un poco esta situación. Si Einstein viviera, y hubiera tenido que soportar lo que seguramente habría sido un desagradable encuentro con este funcionario, también sería descalificado. Einstein publicó su Teoría de la Relatividad en 1905 y recién se pudo “comprobar” uno de sus supuestos en 1929 en Sumatra. Veinticuatro años tardó el físico alemán para probarle al mundo su genialidad. ¿Se puede conjeturar argumentaciones desde supuestos no verificables empíricamente? Creo que si, siempre y cuando tengan “sentido” y no constituyan un delirio. En este caso se utiliza la noción de “paradigma”, para delimitar cualquier discusión de carácter científico. Pero ese es otro tema. Lo cierto es que Einstein no sería ni idóneo ni competente para estos muchachos funcionarios de la Secretaría de Educación. Ahora puedo entender la desafortunada frase del presidente Kirchner: “Argentina está a quince kilómetros bajo tierra”. Le agregaría; La Rioja está unos cuantos metros más abajo.

Descalificar a cualquiera que piense distinto y además exigir pruebas estadísticas para no caer en posicionamientos cerrados y tendenciosos, es de suyo un posicionamiento dogmático, absoluto, omnisciente y falaz que peca por hacer o decir aquello que dice que no hay que hacer o decir. En otros términos, esto es una contradicción. “Haz lo que yo digo, no lo que yo hago”. Este funcionario es víctima de su propia prédica.

Gregorio Klimovsky - epistemólogo argentino- en su obra “Las desventuras del Conocimiento Científico”, señalaba en el prólogo que Platón exigía tres cosas para que el “conocimiento” sea considerado como tal: “creencia, verdad y prueba”. Ninguno de los tres requisitos se excluyen. Es verdad que las estadísticas y los estudios contextualizados son las pruebas que fortalecen o debilitan cualquier conjetura, pero nunca la razón suficiente para la elaboración de un conocimiento con pretensiones científicas. Los datos son meros indicadores que nos orientan y nos ayudan a bosquejar aquello que “creemos” que es “verdadero”. Interpretar el sentido de la realidad no es una actividad privativa de idóneos y competentes técnicos. La realidad educativa nos afecta a todos de un modo u otro y por lo mismo estamos casi obligados a emitir una opinión. El descalificarla por falta de “méritos académicos” es una posición inexplicablemente intolerante y falaz sobre todo teniendo en cuenta que vivimos en el marco de un Estado de Derecho Democrático.

Veamos: ¿no es un hecho que el salario de los docentes está congelado? ¿No es un hecho que, los precios de los productos de la canasta familiar aumentaron junto con los combustibles? ¿Afecta o no la calidad de los servicios educativos esta realidad?. Si los docentes están sumidos en la incertidumbre ¿No será necesario revisar y replantear - en consenso- un plan de capacitación concertado desde las bases?. En lugar de discutir si la Transformación Educativa sirvió o no sirvió ¿No sería oportuno “debatir” una redefinición de sus paradigmas, principios y supuestos desde una contextualización cultural y porqué no, ideológica?.

Daniel Filmus en su obra “Estado, sociedad y educación en la argentina de fin de siglo” señala en el Cap. 4 que: “En momentos de expansión del mercado de trabajo y de movilidad social ascendente, la educación se convirtió en el “trampolín” que les permitió a muchos ciudadanos ascender a niveles sociales más altos. Ahora vemos cómo en situaciones de crisis de la demanda laboral y de movilidad social descendente la escuela se transforma en el “paracaídas” que posibilita un descenso más lento de quienes concurren más años al sistema educativo... la educación ahora parece ser igualmente importante para tratar de sostenerse en el marco de un movimiento social descendente.” Op. cit. pag. 117. Estas no pueden ser “conclusiones sencillas” - como afirma el señor funcionario de la Secretaría de Educación- respecto de la falta de seriedad de algunas afirmaciones efectuadas por este medio. Encuentro una notable semejanza entre Filmus y los autores de los artículos publicados en el espacio destinado a la Educación. No creo que esas opiniones constituyan“apreciaciones personales desprovistas de toda seriedad profesional”.

En este contexto Filmus también es descalificado; el funcionario le sacó la tarjeta roja por falta de idoneidad e incompetente. Sin embargo el trabajo del Dr. Filmus - que se cita -, fue premiado por la Academia Nacional de Educación en 1995 y el jurado lo integraba nada menos que el Dr. Gregorio Weimberg y el Dr. Juan Carlos Agulla. ¿Tendrán méritos académicos estos señores?, ¿realizaron algún aporte para el conocimiento de la realidad a través del “uso responsable de la información”?

El espacio que desde este prestigioso medio se le dio a la educación, no sólo es razonable, sino que es oportuno y además necesario. Es muy curioso que, a algunos funcionarios les moleste que el silencio del cordero se haya convertido en el rugido de un león.

Si se ingresa en estos debates bizantinos, lo que se logrará será que la Transformación Educativa se materialice como un proyecto inconcluso, irrelevante y totalmente inviable desde el punto de vista socio cultural. La sociedad comenzará a descalificarlo porque culminará en una implementación impuesta y escindida de la realidad educativa misma.

Artículo publicado en 'El Independiente' en setiembre de 2003

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